El viaje comenzó en un avión que despegaba de un aeropuerto en llamas, para atravesar montañas imposibles, bajo un cielo demasiado limpio para anunciar una desgracia. Pero luego llegó el ruido, la pérdida de control, el fuego breve, el golpe contra la nieve. Cuando desperté, el mundo estaba en silencio. No recuerdo cuánto caminé, rodeado de nieves eternas. Recuerdo el frío, la respiración rota, la sensación de haber llegado al límite de todas mis fuerzas. Entonces apareció un grupo de hombres vestidos con túnicas sencillas. No parecían sorprendidos de encontrarme. Me condujeron por un sendero estrecho hasta un valle oculto entre cumbres inmensas, protegido del mundo como la mano protege la cerilla para que no se apague. Shangri-La.
La palabra no designaba solo un lugar. Designaba una forma de tiempo. Allí nada parecía inmóvil, pero todo avanzaba despacio. Había bibliotecas, jardines, música, lenguas antiguas, manos que copiaban libros, personas que conversaban sin levantar la voz. El valle no parecía negar el futuro; parecía pedirle permiso para no llegar demasiado deprisa. Encontré a Robert Conway en una terraza desde la que se veía la ciudad ideal extendida bajo la luz de la tarde.
‘Has venido a buscar una herramienta’, dijo.
Asentí.
‘Entonces mira bien este lugar. Casi todos creen que una utopía es una fantasía ingenua, una ciudad perfecta inventada para escapar del mundo. Se equivocan. Una utopía empieza siempre con una pregunta más difícil: ¿qué merece ser preservado cuando todo se desordena?’
Miré el valle. Por primera vez en mucho tiempo no vi una predicción, ni un escenario, ni una amenaza. Vi una elección. Alguien había decidido que, si el mundo exterior ardía, algunas cosas no debían perderse: la memoria, la belleza, el conocimiento, la conversación, la paciencia, la dignidad.
Conway continuó: ‘El mundo suele confundir adaptación con supervivencia. Cree que vivir consiste en cambiar sin descanso. Pero quien se adapta a todo acaba sin forma. Una civilización, una empresa, una persona, necesitan saber qué no están dispuestas a entregar’.
Aquella frase me alcanzó con fuerza. Yo venía de aprender a leer la historia, detectar paradojas, entender velocidades, aceptar la niebla, construir escenarios, analizar actores, lanzar hilos, entrenar hábitos y cambiar de tren. Pero ninguna de esas herramientas respondía por sí sola a la pregunta esencial: ¿para conservar qué?
‘La utopía’, dijo Conway, como si leyera mi pensamiento, ‘no sirve solo para imaginar lo que aún no existe. Sirve también para reconocer lo que no debería desaparecer’.
Permanecimos un rato en silencio. Pensé en empresas que hablaban de transformación sin saber qué parte de su oficio, de su cultura o de su forma de tratar a las personas merecía permanecer intacta. Pensé en organizaciones capaces de cambiarlo todo salvo lo único que de verdad debían cambiar, y en otras que, por adaptarse al ruido, acababan sacrificando su alma. Conway me acompañó después hasta una biblioteca. Sobre una mesa había un libro cerrado.
‘La primera parte de la décima herramienta es esta’, dijo. ‘Ningún futuro merece ser entendido si antes no sabemos qué queremos salvar de él’.
Tomé el libro entre las manos. Era ligero, pero sentí su peso.
‘¿Y no basta con preservar?’, pregunté.
Conway miró hacia las montañas. Su rostro se ensombreció apenas.
‘No. Ese es el peligro de Shangri-La. Todo refugio corre el riesgo de confundir la salvación con la distancia. Podemos proteger lo valioso, pero también abandonar el mundo que arde fuera, dar por perdido el futuro. Una utopía que solo se esconde acaba convirtiéndose en una forma elegante de renuncia’.
Shangri-La me enseñaba que la utopía es necesaria para preservar lo humano cuando el futuro amenaza con devorarlo. Pero también me advertía de que ninguna ciudad ideal puede ser suficiente si se limita a contemplar desde lejos la destrucción del mundo real.
‘Para completar esta herramienta y cerrar la primera caja’, dijo, ‘debes visitar al autor de este libro. No a un valle escondido, sino a una celda de la Torre de Londres. No al silencio de las montañas, sino al ruido del poder. Busca a un hombre que imaginó una isla para juzgar una ciudad’. El libro era Utopía, el autor, Tomás Moro, la ciudad era Londres y el año 1535.”




