Hermes se levantó de la mesa y se acercó a la ventana abierta. La noche había avanzado y, sin embargo, en aquella estancia parecía que el tiempo hubiera decidido quedarse a escuchar.
Continuó el relato de su viaje: “Venía del Tíbet convencido de que ya había entendido lo esencial: la disciplina, la paciencia, la mirada sostenida. Pero me faltaba algo. Llegué a una estación cubierta de niebla. El hierro de los raíles brillaba bajo la lluvia reciente. La gente iba y venía con prisa, como si llegar a tiempo fuera más importante que saber adónde iba. Entonces vi llegar el tren. No recordaba el nombre exacto de la estación, pero sí el sonido del convoy entrando despacio, como un animal de acero que conoce su fuerza y no necesita exhibirla. Subí sin pensar demasiado. En el vagón restaurante, casi vacío, una mujer escribía en una libreta junto a la ventana. Me bastó verla levantar la vista para reconocerla: Agatha Christie. Tenía la serenidad de quien ha aprendido a convivir con los giros inesperados del argumento. Me hizo un gesto para que me sentara enfrente.
‘No pareces un hombre que viaje por placer’, dijo, cerrando la libreta.
Sonreí. ‘No estoy seguro de viajar por algo concreto.’
Agatha inclinó la cabeza, divertida. ‘Eso ya es algo. Los peores viajeros son los que creen saber exactamente cuál es su destino.’
Durante un rato no hablamos. El tren avanzaba entre montañas y túneles, entre pueblos que aparecían y desaparecían en segundos. Sentí por primera vez algo parecido a la paz desde hacía semanas: el alivio de no tener que decidir cada metro del camino
‘He aprendido a esperar’, dije al fin. ‘A observar. A no precipitarme. Pero hay algo que todavía me inquieta.’
‘¿El miedo a viajar en el tren equivocado?’, preguntó Agatha.
La miré, sorprendido. Ella sonrió.
‘Es el miedo más común de todos. La gente cree que por una mala decisión puedes malograr tu futuro. Pero casi nunca es así. Lo que de verdad nos rompe es quedarnos demasiado tiempo en un sitio por orgullo, por miedo o por costumbre. Hay estaciones de las que es mejor salir rápido, pero también hay trenes de los que es importante bajarse a la primera oportunidad.’
El tren se detuvo en una estación pequeña. Apenas un andén, una farola y un banco vacío bajo la lluvia. Agatha señaló la ventana. ‘Mira.’
Una pareja bajó deprisa. Una anciana subió con dificultad. Un hombre corrió desde el andén y logró entrar en el último segundo. Todo sucedió en menos de un minuto.
‘Eso es la vida’, dijo ella. ‘Gente que llega tarde, gente que se baja, gente que se queda porque cree que ya no habrá otra oportunidad.’
‘¿Y si te bajas y era el tren correcto?’, pregunté.
Agatha apoyó los codos sobre la mesa. ‘No existen los trenes correctos en sentido absoluto. Existen los trenes que, en un momento dado, te acercan a tu destino, y también los que te alejan.’
Se quedó un instante en silencio. ‘Lo importante no es no equivocarse. Lo importante es no convertir una decisión en una cárcel.’
Agatha, como despedida, me entregó un pequeño mapa arrugado. Marcaba el camino a otro valle escondido entre cumbres imposibles. En uno de los márgenes del mapa, trazado apenas con unos pocos golpes de lápiz, aparecía un avión elevándose sobre una ciudad en llamas. Debajo, una sola palabra: Baskul.
‘Es un horizonte que ha permanecido perdido, y volverá a perderse, hasta que alguien quiera encontrarlo. Quizá en ese lugar puedas acabar la primera etapa de tu viaje’ Me sonrió antes de salir del compartimento ‘Recuerda, Hermes. No basta con cambiar de tren. También hay que recordar a dónde quieres llegar, y qué compañía quieres elegir.’”
Hermes alzó la vista. “Así entendí la novena herramienta: no hay un único tren que conduzca al futuro. Hay muchos trenes, muchas estaciones. Bajarse no siempre es fracasar. Cambiar de rumbo también puede ser una forma de fidelidad a uno mismo. A veces toca simplemente esperar en la estación a que pase el tren correcto… sin olvidar nunca hacia qué horizonte queremos caminar.”




