Trump repite en Davos su lógica de matón, pero lo que antes intimidaba ahora solo produce hastío

Donald Trump habló en el Foro de Davos como suele hacerlo, sin orden, sin matices y con una relación cada vez más tenue con la realidad. Groenlandia apareció en su caótica intervención como una oportunidad mal aprovechada; Putin, como un hombre al que convendría comprender; y la OTAN como una comunidad ingrata incapaz de reconocer los esfuerzos de Estados Unidos. Todo un ‘brainstorming’ envuelto en la lógica del más fuerte: si alguien se resiste, se le presiona; si insiste, se le castiga.
El mundo entendido como un negocio que nunca cierra.
La diferencia es que esta vez el discurso no funcionó. Las inexactitudes, cuando no mentiras, el tono bravucón y las amenazas directas, lejos de generar alarma, produjeron hartazgo. Quizá porque todos hemos conocido alguna vez a ese personaje, el matón de colegio que necesita amedrentar a otros para ocultar sus propias debilidades. Durante años se le tolera, se le esquiva o se le concede algo para que se calme. Hasta que deja de intimidar y empieza a cansar. Y ese hastío, cuando se instala, acaba traduciéndose en respuestas. Como las generadas en la localidad suiza. Trump insiste en que solo quiere comprar “un trozo de hielo frío” porque Dinamarca no puede defenderlo. Lo dice con la naturalidad de quien cree estar ofreciendo una solución razonable. Pero cuando alguien propone enviar al Ejército para “proteger” a una población que no lo ha solicitado, el problema ya no es el tono, sino la idea.
Davos no desautorizó a Trump. No hizo falta. Simplemente dejó de reaccionar como él espera. Y eso, para alguien acostumbrado a que el mundo gire a su alrededor, debe de resultar desconcertante. Como cuando uno descubre, de pronto, que ya no discute con nadie porque la discusión ha dejado de interesar.

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