El caso Nexperia pone en evidencia a una Europa desorientada en busca de su autonomía estratégica

Una decisión en La Haya, una reacción en Pekín, y el Viejo Continente vuelve a temblar. La intervención del Gobierno neerlandés en la empresa de semiconductores Nexperia y el bloqueo ipso facto de las exportaciones de su matriz china han bastado para recordarnos una verdad incómoda: Europa sigue siendo un rehén tecnológico.
Los chips son hoy en día lo que fue el petróleo en el siglo XX: poder y soberanía. Sin ellos no hay coches, ni móviles, ni inteligencia artificial. No hay futuro industrial sin silicio. Y, sin embargo, Europa continúa confiando su destino a terceros pese a no ser la primera vez que tropieza con la misma piedra. Apenas produce el 10% de los semiconductores que consume, dependiendo de un puñado de empresas extranjeras para mantener en marcha sus fábricas.
Una nítida fotografía que revela toda nuestra vulnerabilidad: no controlamos la tecnología que sostiene nuestro modo de vida.
Consciente de su fragilidad, el impulso del European Chips Act prometía duplicar la producción de semiconductores hasta alcanzar el 20% del mercado mundial en 2030. Buen propósito, pero mala ejecución. Dos años después, las inversiones avanzan con lentitud, los trámites se eternizan y el talento se fuga, mientras Estados Unidos promueve el desarrollo del ecosistema de semiconductores del que dependen sus industrias más relevantes.
La crisis de Nexperia viene a ser una metáfora de Europa. O quizás un diagnóstico. Una empresa nacida en la antigua división de chips de Philips, que los diseña en suelo europeo, si bien efectúa la fase final de empaquetado en China. Y un dato revelador. Estos semiconductores son utilizados por la mitad de las empresas europeas de automoción, el 95% del sector ingeniería mecánica y toda la industria de defensa del continente. Una nítida fotografía que revela toda nuestra vulnerabilidad: no controlamos la tecnología que sostiene nuestro modo de vida.

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