El arraigo ha pasado a primer plano como eje prioritario para fortalecer el tejido productivo vasco

Hay palabras que, cuando irrumpen en política económica, arrastran, en cierto modo, una carga de prejuicios. Arraigo es una de ellas. A priori, puede sonar a nostalgia, a proteccionismo, resistencia frente a un mundo que ya no existe. Y, sin embargo, el sentido que hoy adopta en la nueva estrategia industrial apunta en otra dirección; la de asumir que no decidir también es decidir, casi siempre a favor de otros. Durante demasiado tiempo se dio por hecho que el mercado, por sí solo, asignaría mejor que nadie la propiedad de las empresas estratégicas.
El resultado está a la vista. Centros de decisión lejanos y una industria cada vez más expuesta a operaciones financieras sin proyectos productivos detrás. En este contexto, el arraigo deja de ser una consigna identitaria para convertirse en una respuesta pragmática a una realidad global cada vez más dura. Un enfoque que terminó por bajar a tierra en 2025 con la recuperación de centros de decisión y vocación industrial. Primero con Talgo, después con Uvesco y, al filo del cambio de año, con Ayesa Digital, la antigua Ibermática. Tres operaciones distintas, cerradas en diferentes momentos, pero unidas por una misma lógica.
Como ha resumido gráficamente el consejero de Industria, se han hecho ‘a la vasca’, en ‘cuadrilla’, sumando capital público y privado. Bancos, fundaciones y Administraciones han entendido que, si no entran en determinadas operaciones, otros lo harán con objetivos muy distintos. No se trata de blindar empresas, sino de preservar capacidades, conocimiento, empleo cualificado y cadenas de valor. Conviene subrayarlo para evitar equívocos. El mayor riesgo es confundir estrategia industrial con propaganda. El arraigo solo funciona si se aplica con criterios claros y compartidos. Cuando se instrumentaliza, pierde su razón de ser para convertirse en un simple eslogan.

Todos los derechos reservados Industria y Comunicación S.A.