La 3ª explicación

El caso es que ese gas no ha parado de fluir con el conflicto

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Guillermo Dorronsoro
Management Board Advisor en ZABALA Innovation Consulting. Profesor Gestión de la Innovación - Economía, Empresa y Estrategia en Deusto Business School.
6/7/2022

Nos han explicado estas últimas semanas que el alza de los precios energéticos es consecuencia directa de la invasión de Ucrania. Es fácil entender que hay una conexión, dado que el gas natural representa una quinta parte de toda la energía primaria consumida en Europa, y el 38% de ese gas proviene de Rusia. El caso es que ese gas no ha parado de fluir con el conflicto, y sigue llegando, de momento. Así que algo de especulación hay también en el asunto. La incidencia en el precio de la electricidad es menos evidente, dado que el gas viene a suponer solo un 20% de la generación eléctrica europea. Para esto también hay explicación: el sistema de fijación de precios acordado en Europa es marginalista y, con esas reglas de juego, aunque solo suponga la quinta parte, fija el precio del total.

Ya sabéis que el algoritmo que fija los precios se llama Euphemia, una palabra que viene del griego y cuya etimología es “palabra o expresión que sustituye a nombres secretos o sagrados para evitar revelar estos a los no iniciados”. Muy adecuado… Aquí no hay especulación, sino mala regulación del mercado. Antes de la guerra ya se habían encarecido de manera muy relevante. Y para esa subida la explicación que nos daban entonces era un nivel de oferta insuficiente para cubrir la repentina recuperación de la demanda post-pandemia. Hay algo que no acababa de cuadrar tampoco en esta explicación, porque la demanda no había superado todavía en muchos temas los niveles pre-pandemia, y de entonces aquí tampoco es que se hayan extinguido tantas fuentes de energía…

Entre tanta explicación, nos falta quizá entender una tercera razón de fondo, estructural, que está quedando oculta por estas respuestas parciales vinculadas a crisis coyunturales (pandemia, Ucrania, etc…). Una razón que tiene que ver con la fuerte presión por reducir el consumo de combustibles fósiles en los países avanzados, como consecuencia de los compromisos asumidos en la lucha contra el cambio climático. Y aquí es donde las cuentas no están tan claras. ¿Cuántas inversiones son precisas en tecnología y en infraestructuras para llevar a cabo esa transformación? ¿Cuál será el vector energético que acabe siendo dominante? ¿Durante y al final de este proceso, la energía será más cara o más barata que la que tenemos ahora? Son preguntas sobre las que he buscado respuestas, y no parece que sea sencillo encontrarlas. Hay preguntas todavía más complicadas…

Si al final la energía es más cara, ¿cómo competirá nuestra industria con la de otros países que no están tan comprometidos con esto de las cero emisiones (China, por ejemplo)? ¿Cómo asumiremos los ciudadanos el empobrecimiento causado por la inflación que generará esta escalada de precios energéticos en los próximos años? Podemos consolarnos pensando que los avances que conseguiremos en esta batalla contra las emisiones nos permitirán después disfrutar de una ventaja competitiva sobre el resto del mundo que, tarde o temprano, tendrán que seguir por este camino (aunque sea por el agotamiento de los combustibles fósiles). Así que las tecnologías, modelos de negocio y medidas que hayamos implantado, podremos exportarlas a terceros países. Tendremos en ese caso que hacerlo mejor de lo que hemos hecho hasta ahora. Por ejemplo, la transferencia de nuestro liderazgo industrial y tecnológico a China en las dos últimas décadas, se puede resumir en la sentencia bíblica: hemos cambiado la primogenitura por un plato de lentejas…

Aunque nos avisan que la guerra en Ucrania puede ir para largo, llegará un momento en que ya no haya excusas de pandemia ni de guerras para explicarnos la verdad sobre lo que está ocurriendo con los precios energéticos. En ese momento será cuando probablemente emerja la verdad, y quizá descubramos que no habíamos hecho bien las cuentas cuando hemos tomado la decisión de acelerar el proceso de transición energética. No digo yo que no haya que hacer un gran esfuerzo por detener el cambio climático. Lo que digo es que conviene hacer bien las cuentas, y explicarlas a los ciudadanos y a las empresas, para que todos entendamos las consecuencias de las decisiones que estamos tomando. Porque nos hemos acostumbrado a resolver estos problemas con el recurso al endeudamiento público, y en algún momento (próximo me temo), descubriremos que ese recurso sí que se nos ha agotado…

Y porque si estamos convencidos de que debemos cambiar nuestros hábitos de consumo para luchar contra el cambio climático, ¿qué sentido tiene ahora subvencionar los combustibles? O estamos a setas, o a rolex…

Guillermo Dorronsoro

Doctor en Ingeniería Industrial e Ingeniería Mecánica. Al frente de Innobasque participó en la transformación del sistema de ciencia y tecnología de Euskadi.

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