Tenemos un elefante en la habitación que el plan no cita: la resistencia social a proyectos con objetivos ambientales

Espero que no les parezca mal, pero, durante los próximos meses, en esta columna, vamos a hacer un repaso al Plan Industria 2030, elaborado por el Departamento de Industria, Transición Energética y Sostenibilidad del Gobierno Vasco y presentado hace ya unas semanas. Ya saben de qué va esta columna y el Plan Industria 2030 tiene la pretensión de asegurar exactamente eso: la competitividad de la industria vasca en los próximos años, para generar empleo de calidad, estable y bien remunerado en nuestro territorio, mientras seguimos minimizando los efectos negativos sobre el medio de la actividad económica.
El Plan se basa en tres ejes alineados con Europa («más industria», «mejor industria» y «menos emisiones») y asume las advertencias que los informes de Enrico Letta y de Mario Draghi han hecho sobre las necesidades que la industria europea tiene de desburocratización y simplificación administrativa.
Aunque daremos más detalles, el plan recoge aspectos muy positivos, sobre los que llevamos hablando hace ya tiempo. Por ejemplo, incide en la colaboración público-privada y en la necesidad de acompasar las políticas públicas trasversales (educación, infraestructuras, empleo…) con las necesidades del tejido industrial, para lo cual, una constante comunicación entre la Administración Pública y la industria es esencial.
¿Pegas?... Así, en un primer vistazo, en Euskadi tenemos un «elefante en la habitación» que el Plan Industria 2030 no cita… o, al menos, pasa de puntillas sobre él: cada vez que se plantea una infraestructura, que viene a aportar menos emisiones o más circularidad, tenemos una furibunda (y en ocasiones poco fundamentada…) reacción social contraria: ¿pedagogía?, ¿un gran pacto político-social previo?... no sé, pero creo que sería bueno plantear algo al respecto.

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