Horizonte

La historia es una sucesión de luchas, pero mucho más de trabajo. Cuando falta el segundo, suele crecer el primero.

El tiempo, dicen, cicatriza las heridas, físicas y personales. En el terreno social, esta consideración no ofrece un final tan cierto. Siempre hay fuerzas dispuestas a reabrirlas, a conseguir que el horizonte de la historia quede marcado por su obra.

En París, a finales del XIX, se vivió un combate constructor de gran nivel, del que hoy -no concretamente ahora- se beneficia la ciudad. En 1870-1871 se sucedieron la derrota en la guerra franco-prusiana, la caída de Napoleón III, la III República, la revolución de la Comuna... Para curar heridas y apaciguar las almas, se lanzó el proyecto para la construcción de la basílica del Sacré-Coeur, con el respaldo de la Asamblea Nacional y mediante suscripción popular -no le costó un franco al erario-. Se vendió como un homenaje a los caídos en la guerra franco-prusiana, pero las tres ubicaciones elegidas vivieron las mayores refriegas comuneras. Finalmente, las obras se iniciaron en la colina de Monmartre en 1875. Los republicanos recogieron el guante. Durante años trataron de derrotar a la Iglesia, en el legislativo, con leyes anticlericales, y también en marcar el horizonte del cielo parisino. Se propusieron que una obra civil, los 300 metros de la Torre Eiffel, se elevase por encima del Sacré-Coeur, que aunaba 83 de basílica y 130 de colina. También que el acontecimiento conmemorase el centenario de la toma de La Bastilla y, para redondear la operación, que el gigante de acero diera acceso, como portada catedralicia, a la Exposición Universal de 1889. Racionalismo frente a Religión.

París, hoy, a una distancia de casi siete kilómetros, disfruta de dos de los focos turísticos más visitados del mundo. Dos máquinas de generar divisas a los hijos de quienes se enfrentaron cruenta e incruentamente en el pasado. Arquitectos, ingenieros y gremios, liderados en este capítulo de la historia por Paul Abadie y Stephen Sauvestre, enladrillaron el cielo parisino. Ya se sabe que en las épocas florecientes de la construcción las revoluciones quedan silenciadas. El problema asoma cuando falta la épica de la cantera y el puño no agarra un cincel. Entonces, y en cualquier lugar del mundo, alguien gritará ¡Viva la Comuna! Para comprobar si la herida estaba cicatrizada de verdad.

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