Gestionar la discrepancia

Saber gestionar la discrepancia, saber escuchar, es tan importante como saber crear una visión compartida en nuestros equipos.

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Guillermo Dorronsoro
Management Board Advisor en ZABALA Innovation Consulting. Profesor Gestión de la Innovación - Economía, Empresa y Estrategia en Deusto Business School.
4/5/2022

El cuento de “El traje nuevo del emperador” que escribe Hans Christian Andersen en 1837 tiene como precedente cuentos similares en todas las culturas y en todas las épocas (es, por ejemplo, uno de los capítulos que se recogen en “El Conde Lucanor”, escrito entre 1330 y 1335). Hay relatos en las culturas persa, africana o china que cuentan más o menos la misma historia. El temor a la ira del soberano hacia quienes no le dan la razón, acaba por rodearle de personas que son incapaces de decirle las verdades más sencillas. Y esa situación termina siempre mal…

Saber gestionar la discrepancia, saber escuchar a quien no ve las cosas de la misma forma en la que las vemos nosotros, es tan importante como saber crear una visión compartida en nuestros equipos. Porque está claro que es necesario compartir el diagnóstico para poder trabajar de forma coordinada. Peter Senge lo explica de forma muy didáctica, e insiste en ello en varias ocasiones. El alineamiento es la condición necesaria para poder empoderar a las personas que conforman cualquier organización. Sin alineamiento antes de la acción, solo se consigue caos. Pero también está claro que es importante dedicar tiempo a escuchar e integrar diferentes puntos de vista en ese diagnóstico. Cuando hay pensamiento único, cuando cualquier crítica es castigada con la ira o la indiferencia, entramos en una espiral en la que todas las personas aprenden un comportamiento sencillo: dejar de pensar, y centrarse en obedecer. Si lo que se aplaude y se valora es decir que todo va bien, y quien se sale de este cauce es considerado automáticamente como adversario (o peor todavía, como alguien que miente buscando sus intereses), lo normal es caer antes o después en la autocomplacencia, en el distanciamiento con la realidad. Y no digo yo que quien discrepa tiene siempre razón. No es así: muchas veces aporta simplemente un punto de vista que puede ser perfectamente parcial, sesgado o incluso directamente equivocado. Pero si es una persona o un grupo de personas que han demostrado compromiso y lealtad anteriormente ¿no merece la pena escucharles, conversar? ¿no es más inteligente agradecer un punto de vista discrepante, aunque solo sea para ayudarnos a pensar, a reflexionar?

Ya sabéis que hace años escribía un blog, y dediqué también uno de los posts a esta misma idea. En aquella ocasión no me inspiraba en un cuento, sino en hechos que son históricos, y cuyos protagonistas fueron Tomás Becket y el Rey Enrique II, que nombró al primero Lord Canciller de Inglaterra y también Arzobispo de Canterbury, en reconocimiento a su lealtad. Sin embargo, ambos acaban enfrentados por diferentes puntos de vista, y la historia acaba con Becket asesinado en la catedral por orden del Rey. (A Tomás Moro le pasó algo parecido con Enrique VIII, también Rey de Inglaterra, que acabó ordenando su decapitación en la Torre de Londres. La historia se repite, una y otra vez…). La excelente película «Becket» (Glenville, 1964) con Richard Burton y Peter O’Toole en los papeles protagonistas, que a su vez se basaba en la obra de teatro «Becket o el honor de Dios» (Jean Anouilh, 1959), nos cuenta esta historia de manera magistral (tuvo doce nominaciones y un Oscar al Mejor Guión Adaptado, nada menos…).

Escribía entonces en el blog: “Muchos males de los que nos aquejan vienen de esta idea que asalta a quienes tienen la responsabilidad de gobernar países o empresas: quienes no apoyan sus decisiones, se convierten en enemigos y traidores. Y así acaban rodeados de coros de palmeros, siempre preparados a aplaudir las decisiones de su líder, siempre comprensivos con sus debilidades, siempre listos para pasar por la espada a los que tengan la osadía de disentir. Claro que asumir el papel de Tomas Becket no es sencillo. El Nobel T.S. Eliot retrata a la perfección en su libro «Asesinato en la Catedral» las dudas de Becket, tentado de cuatro maneras distintas que le invitan a escapar de lo que es su obligación moral: defender sus ideales, defender su visión de lo que es correcto. Esta necesidad de personas que luchen por sus ideales es una constante en Eliot, que en “Los hombres huecos” nos explica que el fin del mundo no vendrá por un conflicto, sino por la mediocridad de los que se conforman y se dejan llevar por las conveniencias (“This is the way the world ends. Not with a bang but a whimper”)”.

Guillermo Dorronsoro

Doctor en Ingeniería Industrial e Ingeniería Mecánica. Al frente de Innobasque participó en la transformación del sistema de ciencia y tecnología de Euskadi.

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