Despachos, presencialidad y teletrabajo

Uno de los temas de actualidad en la empresa gira alrededor del teletrabajo, una vez que la Covid-19 parece perder fuerza.

Uno de los libros clásicos en literatura de gestión, “El Principio de Peter”, describe en uno de sus capítulos, en clave de humor, los diversos cuadros patológicos asociados a haber ascendido hasta niveles profesionales de incompetencia. Fonofilia, papirofobia y papirofilia, archivofilia, rigor cartis… Necesitaría todo el espacio de este artículo para recordarte todos, pero te recomiendo que los repases, porque no tienen desperdicio. Me quedo con uno de ellos, el “gigantismo mensular”, que consiste en la necesidad de demostrar el poder organizativo con el tamaño de la mesa del despacho, que va creciendo a medida que la persona directiva tiene un rango jerárquico más alto.

En realidad, esta patología llegó a extenderse y generalizarse en todas las corporaciones, y no solo se asociaba al tamaño de la mesa, sino que se extendía también habitualmente a los metros cuadrados de despacho, el número de ventanas, y la altura de la planta. En los niveles más altos, incluye también obras de arte diversas en las paredes y centímetros que se hunde la alfombra cuando la pisas. A lo largo de los años, he encontrado la aplicación sistemática de esta lógica en casi todas las organizaciones que he visitado, con muy notables excepciones. De hecho, hubo un momento en que llegué a estar profundamente contagiado de esa lógica, y en cada cambio de trabajo o de posición, uno de los temas que me parecía clave eran las características del despacho que me asignaban… En uno de estos cambios, sin embargo, me ocurrió que las funciones que debía desarrollar exigían estar en diferentes localizaciones cada día de la semana. Si me hubieran asignado un despacho en cada una de ellas, los metros cuadrados consolidados de despacho hubieran sido escandalosamente altos, y el nivel de ocupación media escandalosamente bajo. Así que acordamos que, en cada sede, me dejarían un lugar para trabajar cuando llegase. Estuve durante varios años alternando entre salas de reuniones (algunas de ellas fantásticas), despachos de presidencia (que siempre estaban vacíos y por tanto me podían asignar), despachos para visitantes… Pasaba de grandes habitaciones con vistas maravillosas, a armarios de escobas sin luz ni ventilación en los que me castigaban a veces. Desarrollé una metodología que me permitía llevar conmigo en una mochila todo lo que necesitaba para trabajar, algo que a medida que han pasado los años he podido perfeccionar gracias al avance de la tecnología. Ya casi nada se entrega exclusivamente en papel, PDF es el nuevo estándar… Descubrí con alegría la libertad de haberme librado de la implacable lógica del tamaño del despacho que ocupaba, y la maravilla que era no tener que depender de una silla y una mesa determinadas para hacer mi trabajo. Luego cambié de empresa, pero decidí tratar de mantener esa libertad a la que la casualidad me había conducido. He ido haciendo un arte de encontrar sitios lindos y tranquilos en los que sentarme a trabajar, desde cafeterías a jardines, pasando por anfiteatros, museos y por supuesto todo tipo de estaciones, vehículos e infraestructuras de transporte y varios rincones en mi casa. Incluso la de mis padres, cuando necesitaba concentración extra (además podía después aspirar al premio de una comida de mi Ama…).

“La presencialidad es una cultura muy arraigada”

También requiere cierto arte acostumbrar a las organizaciones y personas con las que he trabajado en estos años a no encontrarme de forma habitual en una misma silla y mesa. La presencialidad es una cultura muy arraigada (y en algunos puestos, una condición indispensable), y no siempre es fácil de explicar este desapego mío a sentarme en una sola mesa. En general, con el tiempo, van descubriendo que me esfuerzo en estar siempre localizable y accesible, que mis visitas a la oficina son agradables y suficientemente frecuentes, y que el trabajo que tengo que hacer, lo voy haciendo. Todos contentos. Así que esto del teletrabajo, el confinamiento, la generalización de las videoconferencias me ha cogido bastante entrenado (bueno, la parte de estar encerrado en casa se me hizo un poco dura, pero de eso ya hablamos el año pasado).

También he visto que ha ido progresando en bastantes sitios la práctica del “puesto de trabajo no asignado”: cuando uno llega a trabajar cada día, elige entre los puestos libres disponibles. Ahora que en muchas empresas y organizaciones, nos vemos en la necesidad de regular esto de la presencialidad y el teletrabajo, sería bueno que fuésemos capaces de coger todo lo bueno que tiene la presencialidad, y juntarlo con todo lo bueno que tiene librarse de un puesto fijo de trabajo. Desde mi humilde experiencia, me atrevo a sugerir que se establezcan pocos criterios, que sean claros, y después conceder confianza y flexibilidad a las personas en su interpretación. Está claro que habrá unos pocos jetas que abusarán (siempre los hay). Estoy seguro también que la inmensa mayoría de las personas tratará de responder a la confianza con compromiso.

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