En un mundo cada vez más incierto, recuperar el espíritu emprendedor se convierte en una necesidad colectiva

Hay una palabra que provoca una mezcla extraña de admiración y vértigo: emprender. Una decisión que muchos celebran cuando tiene éxito, pero que pocos se plantean de verdad cuando llega el momento de dar el paso. Porque emprender significa, ante todo, asumir incertidumbre. Euskadi sabe bien lo que significa.
La intención emprendedora se sitúa por debajo de la media estatal.
Buena parte de nuestro tejido empresarial nació precisamente de personas que decidieron arriesgar, talleres que crecieron hasta convertirse en industrias, cooperativas que transformaron comarcas enteras o pequeñas empresas familiares que hoy venden en todo el mundo. Esa tradición forma parte de nuestro ADN. Y, sin embargo, algo parece estar frenándose. Los últimos informes sobre emprendimiento dibujan una paradoja llamativa. En la CAPV se perciben oportunidades para emprender con un miedo al fracaso menor que en otros territorios. Sin embargo, cuando llega el momento de convertir la idea en proyecto, la intención emprendedora se sitúa por debajo de la media estatal. No es que no sepamos emprender. Es que cada vez menos personas parecen dispuestas a dar el salto. Tal vez tenga que ver con la propia evolución de nuestro modelo económico. O con el impacto de las crisis recientes, que refuerzan la búsqueda de seguridad. El problema es que el mundo es cada vez menos previsible.
Las empresas operan hoy en un contexto global cada vez más incierto, donde la geopolítica, la tecnología o los cambios en los mercados obligan a adaptarse continuamente. Y en un entorno así, recuperar el espíritu emprendedor se convierte en una necesidad colectiva. Al fin y al cabo, el futuro siempre empieza con alguien que se lanza a la aventura empresarial, aun con el vértigo que provoca asomarse a lo desconocido.

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