Hermes retomó la palabra tras un breve silencio. “Siguiendo la adivinanza de la sibila délfica, llegué a la Capilla Sixtina. Nada más entrar, levanté la vista. En las bóvedas destacaban las imponentes imágenes de profetas, ángeles y personajes bíblicos, como cabía esperar en los frescos más famosos del Vaticano. Y, sin embargo, allí estaban también las cinco sibilas griegas, una por cada uno de los grandes templos de Apolo en la antigüedad”.
Contemplaba los frescos cuando noté una persona a mi lado. Observaba la bóveda con una atención paciente, casi clínica, como si buscara mensajes allí donde otros solo veían belleza. Tenía un rostro alargado y sereno, de frente amplia y mirada analítica, escondida tras unas gafas gruesas, en el que se mezclaban la calma del observador y una inteligencia acostumbrada a dudar. Era sin duda la persona que estaba buscando, el historiador y filósofo Thomas Kuhn.
Como ya había ocurrido con Polibio en Delfos, no fue necesario presentarnos para que empezara a hablar conmigo ‘Resulta paradójico que Miguel Ángel incluyera en el espacio más sagrado de la cristiandad a brujas griegas, que la Inquisición hubiera quemado en la hoguera ¿verdad?. Pero precisamente esa paradoja era la señal. El Renacimiento estaba anunciando el final de la Edad Media. No con una ruptura violenta, sino permitiendo que lo incompatible conviviera durante un tiempo”.
Irene había estudiado en profundidad la vida de Miguel Ángel, y no pudo evitar intervenir: “De hecho, a pesar de ser un artista al servicio de los Papas, Miguel Ángel se vio en el punto de mira de la Inquisición romana por las ideas de reforma espiritual que compartía con figuras como su gran amiga Vittoria Colonna.” Hermes continuó; “Así fue, y sus frescos en la Capilla Sixtina no mejoraron precisamente su tensa relación con los inquisidores… Algo parecido le pasó a Galileo cuando defendió el heliocentrismo o a Darwin cuando propuso la teoría de la evolución de las especies…"
Kuhn señaló a las sibilas. ‘Esto no es decoración’, dijo. ‘Es una anomalía tolerada a una de las grandes figuras que impulsaron con su arte el Renacimiento. Cuando una cultura empieza a tolerar lo que antes era imposible, es porque algo profundo está cambiando. La Edad Media, después de mil años, necesitaba otra forma de entender el futuro’.
Escuché con interés mientras me explicó su teoría, que acababa de publicar en La Historia de las Revoluciones Científicas (1962). Durante largos periodos de “ciencia normal” se resuelven problemas dentro de un marco aceptado, hasta que la acumulación de anomalías provoca una crisis y da paso a una revolución científica, en la que un nuevo paradigma sustituye al anterior y cambia la forma misma de entender la realidad. Igual que en la ciencia, procesos parecidos ocurren en la forma de entender qué somos, cómo nos organizamos…”
Hermes se detuvo un momento, antes de concluir su relato “Comprendí entonces, que la segunda herramienta para entender el futuro consistía en estar atento a las paradojas que anuncian que es preciso un nuevo paradigma. El futuro avisa con incoherencias, dilemas aparentemente irresolubles. Y es preciso cambiar de paradigma para encontrar nuevas respuestas.
Kuhn se despidió con una adivinanza escondida en una trilogía publicada hacía una década por un joven autor de ciencia ficción, que describía dos Fundaciones. La primera, visible, dedicada a conservar el conocimiento. La segunda, oculta, destinada a cuidar algo más frágil "En tu tercer viaje, Hermes, debes visitar esta última. Búscala en el extremo opuesto del universo de la primera”.
Holmes no pudo evitar mostrar sorpresa: “¿Puedes entonces viajar no solo en el tiempo y el espacio, sino también entre la realidad y la ficción?”. Hermes eligió mirar a la joven invitada cuando contestó a su anfitrión: “He aprendido en mis viajes que muchos piensan que su realidad es la única que existe, pero se equivocan por completo… Cada vez que leemos un libro, viajamos a universos que han sido imaginados, y a veces esos viajes por dentro son más relevantes que los que van por fuera. Como escribió Calderón, soñar y vivir no siempre son cosas tan distintas”. Ella asintió, y añadió con una sonrisa enigmática: “Me encantaría escuchar el relato de tu viaje a Trántor”.





