
EMPRESA XXI - EDITORIAL
4/3/2026
La celebración de la BIEMH 2026 llega en un momento clave para el sector de la máquina- herramienta. Un termómetro preciso de la salud industrial, a la vez que una palanca para afrontar las grandes transformaciones que definen nuestro tiempo: energética, digital y tecnológica. Todas ellas pasan, de una u otra forma, por la capacidad de fabricar mejor, con más precisión, eficiencia y autonomía. El sector acude a la cita con un balance agridulce. Los datos muestran resiliencia y músculo exportador, pero también tensiones evidentes. Los pedidos crecieron en 2025 de forma moderada, mientras la facturación retrocedió cerca de un 5% respecto a 2024, reflejo de un entorno marcado por la incertidumbre, la contención inversora y la desigual evolución de los mercados y sectores clientes. La fortaleza del subsector de arranque (+4,4%) contrasta con el desplome de la deformación (-21%), arrastrada por la crisis de la automoción europea. Y no se esperan grandes cambios a corto plazo.
La fotografía actual es la de una industria sometida a fuerzas globales que exigen respuestas estratégicas, más si cabe frente a la gran amenaza que representa China, un competidor cada vez más determinante en el mercado. Porque la máquina- herramienta no es un sector más. Es industria de industrias. No hay electrificación, defensa, aeronáutica avanzada ni soberanía tecnológica sin capacidad propia para fabricar con precisión, flexibilidad y eficiencia. La pandemia y las tensiones comerciales lo dejaron claro; depender de terceros tiene un coste. La máquina herramienta ha demostrado durante décadas que sabe competir. Ahora necesita que el entorno acompañe. Que las políticas industriales estén a la altura de un sector que es estratégico para la autonomía productiva y tecnológica. Que se proteja a la industria europea frente a prácticas desleales y desequilibrios globales, pero también que se impulse decididamente la competitividad mediante el acceso a financiación, el apoyo a la I+D+i y planes de reactivación de la demanda. Las empresas, por su parte, deberán seguir haciendo lo que mejor saben: invertir, innovar y arriesgar. El potencial está ahí, las capacidades también.
Las haciendas forales vascas cerraron 2025 con un hito histórico: 20.234 millones de euros recaudados, un 11% más que el año anterior. Los tres territorios no solo superan sus previsiones, sino que confirman la solidez de una economía que, apoyada en el empleo y el consumo, sigue mostrando una notable capacidad de resistencia. Son cifras que invitan al optimismo y que reflejan un contexto interno más dinámico de lo que cabría esperar en un escenario internacional marcado por la incertidumbre. Sin embargo, el análisis pormenorizado de los datos obliga a matizar el entusiasmo inicial. Parte del crecimiento está condicionado por factores extraordinarios, como las devoluciones del IRPF a mutualistas tras la sentencia del Tribunal Supremo, y no todos los indicadores evolucionan con la misma intensidad. La caída de un 17,3% en el Impuesto de Sociedades evidencia una menor rentabilidad empresarial, una señal que no debe pasarse por alto en un territorio donde la industria tiene un peso determinante.
Es precisamente ahí donde comienzan a dibujarse los riesgos. La desaceleración de los principales motores europeos, las tensiones geopolíticas y la pérdida de competitividad de la UE proyectan sombras sobre sectores clave como la automoción y la maquinaria, pilares de la economía vasca. Voces de alerta como el último informe de Adegi ya advierten de la posibilidad de una recesión en el horizonte si no se actúa con previsión. En este contexto, el músculo fiscal no debe interpretarse como un punto de llegada, sino como una palanca de futuro. El aumento de la recaudación, que permitirá elevar las aportaciones al Gobierno Vasco hasta los 13.770 millones de euros, por encima de las previsiones, ofrece margen para reforzar políticas que impulsen la innovación, aceleren la transformación tecnológica y consoliden un tejido industrial más resiliente. También para mejorar la calidad del empleo y afrontar retos estructurales como el envejecimiento demográfico o el acceso a la vivienda. La estampa actual es positiva, pero la responsabilidad institucional exige mirar más allá del corto plazo. Las amenazas en ciernes obligan a anticiparse para que los récords de hoy no se conviertan en las dificultades de mañana.

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