La IA, ¿un riesgo global en ciernes?

EMPRESA XXI - EDITORIAL

1/2/2026

Más allá de los aranceles y las tensiones geopolíticas, una preocupación ha sobrevolado el Foro Económico Mundial de Davos. Si bien no fue el asunto estrella, sí fue una de las inquietudes más reiteradas en las mesas de debate: los riesgos económicos y sociales asociados al desarrollo acelerado de la inteligencia artificial y la creciente disonancia entre su avance tecnológico y la capacidad de la sociedad para absorberla. La advertencia más gráfica la lanzó la directora general del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, al describir el impacto de la IA como un “tsunami” en el mercado laboral, ante el que incluso los países mejor preparados pueden no estarlo. Según los propios estudios del FMI, cerca del 40% del empleo mundial está expuesto a la inteligencia artificial, una cifra que se eleva hasta el 60% en las economías avanzadas. Aproximadamente la mitad de esos puestos podría beneficiarse de aumentos de productividad; la otra mitad corre el riesgo de desaparecer o degradarse, con salarios más bajos y menor estabilidad. Pero el alcance del problema no se mide solo en volumen de empleo.

El diagnóstico se alinea con un fenómeno menos visible, aunque potencialmente más corrosivo: la erosión de los trabajos de entrada al mercado laboral. La IA está automatizando tareas iniciales que tradicionalmente funcionaban como vía de acceso y aprendizaje, lo que empieza a generar un sesgo de antigüedad en el que la experiencia previa se convierte en un requisito excluyente. El resultado es una barrera creciente para los jóvenes y los recién graduados, y una amenaza silenciosa para la formación de los trabajadores del futuro. No es casual que en la última cita de Davos haya comenzado a plantearse, incluso desde voces influyentes del sector tecnológico, la necesidad de echar el freno a la IA. No para detener la innovación, sino para ganar tiempo.

Tiempo para regular, para reforzar la protección social, para invertir en formación y para construir consensos mínimos sobre los límites y las responsabilidades del uso de la inteligencia artificial. Porque avanzar sin reglas claras, más que una apuesta por el futuro, es una forma de trasladar el riesgo a todo el conjunto de la sociedad.

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