Brecha energética

EMPRESA XXI - EDITORIAL

16/2/2026

El presente y futuro de la industria vasca pasan, de forma inexorable, por la energía. No como un mero factor de coste, sino como un insumo estratégico que condiciona su competitividad, la inversión, el empleo y la capacidad de afrontar con éxito la transición energética. Las compañías del territorio, sin embargo, compiten en Europa con una desventaja difícil de esquivar: la factura energética. El precio de la electricidad que afronta la industria puede ser hasta un 168% más alto que en Francia y alrededor de un 35% superior al de Alemania. En los sectores electrointensivos, donde la electricidad puede representar más de la mitad de los costes de producción, estas diferencias no se corrigen ni con eficiencia ni con innovación. Se trasladan, antes o después, a decisiones estratégicas que afectan a la competitividad, la inversión y el arraigo industrial.

La paradoja es conocida. España ha desarrollado una de las capacidades de generación eléctrica más competitivas de Europa, impulsada por el despliegue de las energías renovables, que permiten incluso precios nulos o negativos en el mercado mayorista. Pero el coste final que paga la industria no refleja esa ventaja. Entre la producción y la factura se interponen impuestos, peajes y recargos ajenos al suministro eléctrico que encarecen la electricidad sin aportar señales claras ni a la inversión ni a la competitividad. Entre ellos, el impuesto del 7% a la generación eléctrica, cuya eliminación reclamó recientemente el consejero de Industria, Mikel Jauregi, para competir en igualdad de condiciones con la industria europea. Las propuestas para romper esta brecha competitiva están identificadas y cuentan con precedentes claros en países como Francia y Alemania, donde la energía forma parte central de su política industrial.

Revisar la fiscalidad eléctrica, reducir los peajes a los consumidores electrointensivos y utilizar plenamente los mecanismos de compensación por los costes indirectos del CO2 son algunas de las claves para configurar un marco energético más equilibrado, compatible tanto con la competitividad industrial como con los objetivos de la transición energética. No hacerlo supone asumir un riesgo innecesario para el futuro de la industria.

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