Temblad

La inversión en macroproyectos es una de las aficiones políticas. Y parece que seguirán haciéndolo.

Tiemblen ustedes después de haber sufrido. El Gobierno piensa en invertir la mayor parte del dinero de Bruselas, y el de los ciudadanos, unos 150.000 millones, en inversiones públicas. Los Gobiernos españoles tienen una larga tradición de llevar a cabo una lista interminable de inversiones públicas sin pies ni cabeza. Una lista muy diversa pero caracterizada por dos condiciones comunes: sus presupuestos conocen monumentales desviaciones y todas responden a presiones políticas, generalmente cantonales, que no tienen nada que ver con su utilidad práctica.

En cierta ocasión, el ministro del ramo, un socialista de probada ignorancia, reconoció que no se hacían análisis de rentabilidad previos, ya sean sociales o económicos. Seguramente porque si los hicieran se verían obligados a abandonarlas. Es así cómo el dinero invertido no se recupera nunca o casi nunca. El único argumento real que movió a hacerlas era el de tratar de ganar unas elecciones. Por eso, si no se puede inaugurar algún tramo a bombo y platillo no merecen la pena. Ello explica que se hayan invertido montañas de dinero en algo tan sin justificación real como el TAV, el tren de alta velocidad más irrentable que se conoce. Sin embargo, se trata de una inversión glamurosa que introduce una nota de modernidad y sugiere que el país avanza. No es de extrañar que siempre acuda el rey a cortar la cinta.

Este Gobierno se caracteriza por su absoluto oportunismo, su despreocupación por el futuro y su voluntad de utilizar todos los resortes del poder para ser reelegido. Ahora intenta aprovechar la ocasión que le proporciona el coronavirus para seguir gastando sin tasa. Sólo nos queda la esperanza de que Europa ponga condiciones y controle su empleo. Los ciudadanos españoles hace tiempo que perdieron la esperanza de hacerlo.

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