Fracaso heroico

Los héroes, muchas veces, lo son por accidente; y otras por hacer sonar las trompetas con fuerza a su paso.

En España nos hemos acostumbrado a enaltecer las derrotas meritorias, los fracasos temerarios, esos en los que perdíamos hombres, barcos, o ejércitos, como si el resultado no importase si se había demostrado valor estoico y resistencia sin premio. Como en Rocroi, Annual o Trafalgar. Una manera de poner paños en la herida o, peor aún, de utilizar esos elogios como coartadas interesadas en ocultar errores mayúsculos por parte de quienes no dan la cara pero no dudan en mandar a la gente a luchar contra los elementos. Esta coartada se ha utilizado esta vez para cubrir otro fracaso estruendoso, el que se ha producido en la lucha contra el coronavirus. Los números exponen la cruda realidad: 47.000 muertos, la tasa de mortalidad por habitante más alta del mundo, y 51.000 sanitarios contagiados, que se han enfrentado a la pandemia sin equipos, sin formación y sin tiempo.

Se echa la culpa a los recortes lo que es falso porque un gasto público en constante crecimiento (ahí están los déficits para demostrarlo) daban para eso y para más. Junto con los ancianos de las residencias, los sanitarios pertenecían a un grupo de riesgo que había que proteger prioritariamente porque tenían que cuidar de los demás. Pero la sanidad, como toda la administración española, no conoce prioridades. La pandemia exigía una capacidad de reacción, en forma de alerta temprana y mecanismos de actuación rápida, que no ha existido.

Otros países lo han hecho mal (Francia, Reino Unido, Italia) pero España lo ha hecho peor. Luego han venido los aplausos, el reconocimiento social, las medallas (Príncipe de Asturias). El método habitual para nublar el análisis, esquivar el juicio, eludir las responsabilidades y no cambiar de manera de actuar.

Fracaso pero heroico.

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